Rogelio se quedó mirando la memoria USB como si hubiera visto un fantasma. —¿De dónde la sacaste? —preguntó con la voz ronca. Mariana no respondió enseguida. Recorrió con
Alejandro no podía apartar la vista del dibujo. Sus manos comenzaron a temblar. —¿Dónde viste esa habitación? —preguntó una vez más. Lucía se encogió de hombros. —La señora
Gabriel Mertens nunca creyó en los fantasmas. Pero cuando el hombre bajó del todoterreno, durante un instante se quedó sin respiración. —¿Dario? Su hermano menor sonrió. Con la
Alejandro observaba fijamente la carta que sostenía entre las manos. Las palabras se desdibujaban ante sus ojos. «Si alguna vez me ocurre algo, por favor no llamen a
Valeria apenas pudo dormir aquella noche. Había empujado el armario contra la puerta del dormitorio y dejó su teléfono al alcance de la mano junto a la cama.
El auditorio estaba completamente en silencio. Anna permanecía detrás del atril, mirando directamente hacia la primera fila. Karin Hoffmann seguía intentando mantener una sonrisa. Thomas sostenía su teléfono
Diego no dejaba de mirar el contrato de alquiler. Una y otra vez. Como si las palabras fueran a cambiar. Pero allí estaba escrito con total claridad: Arrendataria:
Rodrigo no apartaba la vista de la carpeta negra. Sus labios se movían. Pero no conseguía pronunciar una sola palabra. Ofelia fue la primera en recuperar la compostura.
Mariana era incapaz de moverse. La mano de Adrián sujetaba débilmente la suya. Sus ojos estaban abiertos. Estaba vivo. Pero lo más inquietante no era que hubiera despertado.
Mariana no podía moverse. Permanecía de pie en el pasillo oscuro. Descalza. Conteniendo la respiración. Arturo estaba sentado a la mesa del comedor. A su lado había una