Criaron como hermanos a un chimpancé y a un bebé humano: los inesperados resultados lo cambiaron todo

«¿Un niño y un chimpancé creciendo juntos? 🤯🐵👦 Suena extraño, ¿verdad?». Entonces probablemente no hayas oído hablar de este fascinante experimento realizado en el siglo pasado. 🧪🔬 ¡Los resultados conmocionaron a todo el mundo! 😲 Todos los detalles se revelan a continuación en el artículo. 📖🔍👇

Hace casi 90 años se llevó a cabo un experimento muy controvertido, que sigue suscitando debate a día de hoy.

Una de las figuras centrales de esta historia fue Winthrop Kellogg, un psicólogo que, a finales de la década de 1920, buscaba una tesis rompedora que asentara su nombre en el mundo científico. Siempre le habían fascinado los casos de los llamados *niños Mowgli*: niños humanos criados por animales que más tarde luchaban por reintegrarse en la sociedad humana.

Kellogg se planteó cómo estudiar la interacción entre un animal y un niño humano en un entorno controlado. Estaba claro que enviar a un bebé a la naturaleza era imposible, así que ideó un método diferente: llevar a un animal a un hogar humano. Por aquel entonces, Kellogg y su mujer, Luella, acababan de dar la bienvenida a su hijo Donald. Sin embargo, encontrar al animal adecuado no fue tarea fácil.

En 1931, cuando Donald tenía diez meses, los Kellogg consiguieron adquirir una hembra de chimpancé llamada Gua en el Centro de Investigación de Yale. Con sólo 7,5 meses, Gua tenía casi la misma edad que su hijo.

La pareja se comprometió a criar a Gua y Donald como iguales, tratándolos como si fueran hermanos. Ambos tenían sus propias cunas con ropa de cama, les vestían con ropa infantil y jugaban con juguetes. Incluso les proporcionaron utensilios de higiene y material didáctico.

Gua se adaptó rápidamente a su nuevo entorno. Prefería dormir en una cuna y se frustraba cuando le negaban un colchón. Winthrop observó que se desarrollaba más deprisa que Donald: aprendió rápidamente a beber de una taza, a utilizar una cuchara, a alcanzar objetos e incluso a abrir puertas.

Sin embargo, este rápido progreso no era sorprendente. Los chimpancés tienen una vida más corta que los humanos, entre 40 y 45 años de media, y alcanzan la pubertad a los cuatro años, mucho antes que los humanos, que suelen entrar en la adolescencia en torno a los 13-14 años.

A los seis meses, Gua ya seguía instrucciones sencillas y expresaba sus necesidades con eficacia. Sin embargo, le costaba realizar tareas como usar el orinal o manejar un lápiz. Como era de esperar, tampoco era capaz de hablar.

Cuando Donald creció y empezó a desarrollar sus habilidades lingüísticas, ocurrió algo inesperado: empezó a imitar a Gua. Copiaba sus sonidos y movimientos en lugar de progresar con el habla humana.

Este resultado alarmó a los Kellogg. A los diez meses de comenzar el experimento, decidieron poner fin al mismo, llegando a la conclusión de que un niño humano imitaría a un simio mucho más fácilmente de lo que un chimpancé podría adaptarse a los comportamientos humanos.

El experimento de Kellogg se hizo ampliamente conocido y suscitó un intenso debate. Algunos elogiaron su investigación por sus conocimientos sobre el desarrollo y el comportamiento aprendido, mientras que otros le criticaron por las implicaciones éticas, tanto en relación con su hijo como con el chimpancé.

En 1933, Kellogg y su esposa publicaron un libro en el que detallaban sus observaciones y abordaban la compleja relación entre herencia y entorno. Sin embargo, poco se sabe de la vida posterior de Donald. En cuanto a Gua, fue devuelta al centro de investigación, pero trágicamente falleció un año después a causa de una neumonía.

Décadas después, el experimento sigue siendo un ejemplo sorprendente de los dilemas éticos de la investigación científica.

 

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