Encontré una vieja foto de boda en un cajón — después de 62 años entendí por qué realmente seguimos juntos, aunque casi todos dijeron que era imposible.

Nos casamos en la primavera de 1962. Fue una boda sencilla en una pequeña iglesia. Un vestido blanco, flores del jardín, unas pocas personas.

Yo era muy joven y tenía mucho miedo. No del matrimonio, sino de la responsabilidad. Él parecía tranquilo, pero también tenía miedo. Solo que nunca lo admitió.

En nuestros primeros años vivimos en una habitación sobre la casa de sus padres. Yo trabajaba en una fábrica de ropa, él en un taller. Apenas teníamos dinero, pero no contábamos los días, contábamos los meses.

No discutíamos en voz alta. Nuestros conflictos eran silenciosos. Largos silencios, palabras no dichas, miedos no expresados.

Hubo un año en el que él se fue a trabajar a otra ciudad. Solo volvía los fines de semana. Yo me quedaba sola y pensaba si así sería toda mi vida.
Hubo noches en las que lloraba en silencio para que él no me oyera. Hubo mañanas en las que él se iba sin desayunar, porque ambos teníamos miedo de empezar una conversación.

Una vez, después de diez años de matrimonio, le dije: «Tal vez somos demasiado diferentes.» Él permaneció en silencio durante mucho tiempo y luego dijo: «Tal vez. Pero aún no quiero rendirme.»

Fue la primera vez que dijo algo sobre sus sentimientos.

No nos convertimos en la pareja perfecta. No nos convertimos en la pareja que todos envidian. Nos convertimos en una pareja que aprendió a permanecer.
Con el tiempo aprendimos a hablar de manera breve y clara. Sin dramatismo. Sin acusaciones.

Hubo enfermedades. Hubo operaciones. Hubo días en los que él no podía levantarse de la cama, y días en los que yo olvidaba dónde había dejado las llaves.

Un día él dijo: «Nos hemos mantenido juntos no porque siempre fuimos fuertes.»
Al día siguiente añadió: «Sino porque nos quedamos cuando éramos débiles.»

Ahora caminamos despacio. Nos tomamos de la mano no por romanticismo, sino por equilibrio. Pero ese toque significa más para mí que cualquier promesa.

Cuando encontré esa vieja foto, entendí algo simple. El amor no es un sentimiento que siempre arde. A veces es la decisión de no rendirse cada mañana.

Los hijos llegaron después. Con ellos vino el ruido, el cansancio, la responsabilidad. Pero también vino menos tiempo para el silencio.
¿Crees que el amor duradero nace de los sentimientos, o de las decisiones diarias?

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