Elena palideció al instante.
—¿Qué haces aquí? —preguntó en voz baja.
Beatrix Velasco sonrió.
—Vine a poner fin a las mentiras.
Adrián estaba completamente desconcertado.
—¿Qué mentiras?
Su madre lo miró fijamente durante un largo rato.
Luego entró lentamente en el apartamento.
—Hace tres años, Elena entró en tu estudio.
Elena cerró los ojos.
—Por favor, no.
Pero Beatriz continuó.
—Encontró los documentos de tu padre.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué documentos?
Elena tembló.
—Nunca quise leerlos. Fue un accidente.
—¿Qué clase de documentos? —repitió Adrián con más brusquedad.
Elena rompió a llorar.
—Eran documentos sobre la empresa.
Adrián permaneció en silencio.
—¿Y?
—No eran documentos comunes.
Respiró hondo.
Tu padre llevaba años transfiriendo dinero a través de fundaciones. Millones. Cuentas ilegales. Contratos falsificados.
Adrián la miró fijamente.
«Eso es imposible.»
«Ojalá fuera cierto.»
Elena se dirigió a la estantería.
De allí sacó una vieja caja metálica.
La abrió.
Dentro había copias.
Fotos.
Extractos bancarios.
Documentos firmados.
Todos con la firma de su difunto padre.
Adrián se dejó caer en una silla.
«¿Por qué desapareciste?»
Elena respondió con voz quebrada:
—Porque tu madre me dijo que nadie me creería jamás.
Beatriz bajó la mirada.
Por primera vez, no parecía serena.
—Tenía miedo —susurró.
Adrián la miró con incredulidad.
—Nos separaste.
Las lágrimas corrían por el rostro de su madre.
—Tu padre seguía vivo. Habría hecho cualquier cosa para que esos documentos desaparecieran.
—¿Así que enviaste a Elena lejos?
Ella asintió.
—Quería protegerte.
Adrián se levantó de un salto.
—¡Me quitaste a mi hija!
En la habitación contigua, Lara empezó a toser.
Elena y Adrián corrieron inmediatamente hacia ella al mismo tiempo.
Ambos le tomaron la mano.
La niña abrió los ojos con sueño.
—¿Están peleando por mi culpa?
Nadie respondió.
Lara sonrió débilmente.
«Mamá siempre dice que la familia permanece unida».
Estas sencillas palabras dejaron a todos sin palabras.
Semanas después, los documentos fueron entregados a las autoridades.
Un gran escándalo sacudió a la empresa.
Pero Adrián tomó una decisión diferente.
Vendió parte de su empresa.
Se mudó al mismo barrio que Elena y Lara.
Poco a poco.
Sin presiones.
Sin intentar recuperar los años perdidos.
Porque sabía:
El tiempo no se puede recuperar.
Pero sí se puede decidir cómo pasar el resto de la vida.
El primer día de clases que Adrián pasó con Lara, ella le apretó la mano y le preguntó:
«¿Te quedas esta vez?».
Adrián se arrodilló ante ella.
Con lágrimas en los ojos, respondió:
«Para siempre».
Y por primera vez, ella le creyó.