La pequeña niña dibujó el rostro del millonario dormido… y destapó un secreto que llevaba nueve años oculto en su mansión

Alejandro no podía apartar la vista del dibujo.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Dónde viste esa habitación? —preguntó una vez más.

Lucía se encogió de hombros.

—La señora me la enseñó.

Mariana se arrodilló inmediatamente frente a su hija.

—Cariño, ¿qué señora? Aquí no vive ninguna señora.

Lucía frunció el ceño.

—Sí que vive. La señora triste. A veces se sienta en la escalera y canta.

La habitación quedó en silencio.

Un silencio extraño.

Alejandro sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

Porque el ala este de la mansión llevaba nueve años cerrada.

Nadie entraba allí.

Ni los empleados.

Ni los jardineros.

Ni siquiera Alejandro.

Se levantó de golpe.

—Mariana, por favor, lleva a Lucía abajo.

—Señor Santillán, ¿qué ocurre?

—Por favor.

Por primera vez desde que ella trabajaba para él, su voz sonó quebrada.

Pero Lucía abrazó con fuerza su conejo de peluche.

—La señora dijo que ya no debes seguir enfadado con ella.

Alejandro se quedó inmóvil.

Mariana notó de inmediato el cambio en su expresión.

—¿De qué está hablando?

Alejandro no respondió.

Caminó directamente hasta la chimenea.

Allí colgaba un retrato.

Una joven de cabello oscuro y mirada dulce.

Isabel Santillán.

Su hermana mayor.

Desaparecida hacía nueve años.

La policía nunca resolvió el caso.

Después de meses de búsqueda, Isabel fue declarada oficialmente fallecida.

Alejandro jamás volvió a hablar del tema.

Con nadie.

Rozó el cuadro con la mano.

—¿Qué más dijo esa señora?

Lucía pensó unos segundos.

—Que tú no tienes la culpa.

Mariana miró a Alejandro con sorpresa.

Los ojos de él se llenaron de lágrimas.

Porque esas habían sido exactamente las últimas palabras que Isabel le dijo el día de su desaparición.

Nadie más las conocía.

Nadie.

De pronto se escuchó un golpe sordo.

¡BUM!

Todos se volvieron al mismo tiempo.

El sonido provenía del ala este.

Mariana palideció.

—¿Eso… ha sido dentro de la casa?

¡BUM!

Otra vez.

Más fuerte.

Alejandro salió corriendo.

Mariana lo siguió con Lucía en brazos.

Al llegar frente a la pesada puerta cerrada, Alejandro se detuvo.

El corazón le latía con fuerza.

La puerta llevaba nueve años sellada.

Pero ahora había polvo recién removido en el suelo.

Y marcas de arañazos.

Alguien había estado allí.

Con las manos temblorosas abrió la puerta.

Un olor a humedad los envolvió.

La habitación estaba abandonada.

Cubierta de polvo.

Olvidada.

Pero no vacía.

Sobre la antigua cama descansaba una pequeña caja de música.

Alejandro la reconoció al instante.

Se la había regalado a Isabel cuando cumplió dieciocho años.

De repente, la caja comenzó a sonar por sí sola.

La misma melodía que Isabel solía tararear.

Mariana dio un paso atrás.

—Eso no puede ser.

Debajo de la caja había un sobre.

Solo tenía escrita una frase:

«Si Lucía te encontró, ha llegado el momento de conocer la verdad.»

Alejandro abrió la carta.

Apenas terminó de leer las primeras líneas, se desplomó.

Isabel había fingido su propia desaparición.

No por odio.

Sino por miedo.

Su propio prometido planeaba asesinarla para quedarse con su herencia.

Cuando descubrió la verdad, huyó.

Pero antes de desaparecer consiguió poner a salvo en secreto a su hija recién nacida.

Esa hija era Lucía.

Mariana rompió a llorar.

—¿Qué?

Alejandro la miró fijamente.

Mariana susurró entre lágrimas:

—Hace tres años, una mujer que estaba muriendo en un hospital me pidió que cuidara de una niña pequeña. Me entregó dinero, documentos y solo me dijo que algún día aparecería un hombre con ojos tristes.

Lucía miró alternativamente a los dos.

—¿La señora triste era mi mamá?

Alejandro se arrodilló frente a ella.

Por primera vez en muchos años dejó que las lágrimas corrieran libremente.

—Sí.

Lucía lo abrazó de inmediato.

—Entonces ya no tienes que dormir triste.

Y en ese instante Alejandro comprendió que algunos secretos nunca fueron hechos para permanecer enterrados.

Solo esperan a la persona adecuada.

Alguien con el valor suficiente para sacarlos finalmente a la luz.

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