Daniela abrió el sobre con los dedos temblorosos.
Dentro encontró tres documentos.
Y una carta.
En la parte superior aparecía un nombre.
Valeria Cruz.
En cuanto Rogelio lo vio, su rostro perdió todo el color.
Beatriz tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para no caer.
Daniela notó de inmediato su reacción.
—¿Quién es Valeria Cruz?
Nadie respondió.
Al final, Rogelio habló.
—Eso no es asunto tuyo.
Pero Daniela ya había desplegado la carta.
Reconoció enseguida la letra de su difunto esposo.
Daniela, si estás leyendo esta carta, probablemente yo ya no esté contigo.
Si mi familia intenta echarte de la casa a ti o a nuestros hijos, busca inmediatamente a la notaria Valeria Cruz. Ella conoce toda la verdad.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Daniela.
Continuó leyendo.
Papá dirá que esta casa le pertenece.
Eso no es cierto.
Hace siete años, el abuelo puso en secreto toda la propiedad a nombre de nuestros hijos.
Toda la familia quedó inmóvil.
—¡Eso es mentira! —gritó Rogelio.
Pero Daniela sacó el segundo documento.
Era una escritura de propiedad certificada por un notario.
Los propietarios legales de la casa eran:
Santiago, Camila, Mateo, Lucía, Emiliano y Sofía Alcázar.
Rogelio empezó a temblar.
—Eso es imposible.
—No —dijo de pronto una voz a sus espaldas.
Todos se dieron la vuelta.
Un automóvil acababa de detenerse frente al portón.
Una mujer elegante, vestida con un abrigo gris, descendió del vehículo.
—Soy la notaria Valeria Cruz.
Llevaba un maletín en la mano.
—Y puedo confirmar que todos estos documentos son auténticos.
En la sala reinó un silencio absoluto.
Valeria miró directamente a Rogelio.
—Su hijo ordenó la transferencia de la propiedad poco después de recibir el diagnóstico de cáncer.
Daniela apenas podía respirar.
—¿Entonces Mauricio sabía que esto podía ocurrir?
Valeria asintió con tristeza.
—Temía que, después de su muerte, su propia familia intentara quitarles todos sus derechos.
Rogelio estalló de furia.
—¡Mi padre fue quien construyó esta casa!
—Y aun así —respondió Valeria con serenidad—, hace cinco años usted transfirió por escrito todos sus derechos a su hijo.
Sacó un documento más.
Al pie aparecía claramente la firma de Rogelio.
Beatriz rompió a llorar.
—Mauricio nunca nos dijo nada.
—Sí lo hizo —respondió Daniela en voz baja—. Ustedes simplemente nunca quisieron escucharlo.
En ese instante Santiago dio un paso al frente.
La marca roja de la bofetada seguía visible en su mejilla.
—Abuelo —dijo con firmeza—, papá siempre decía que una familia protege a los suyos.
Rogelio ya no pudo sostener la mirada de su nieto.
Aquella misma noche, la familia Alcázar tuvo que abandonar la casa.
No fueron Daniela.
Ni sus hijos.
Fueron Rogelio y Beatriz.
Semanas más tarde, Daniela regresó a vivir allí junto con sus seis hijos.
No por venganza.
Sino porque era exactamente lo que Mauricio había deseado.
En la entrada de la casa colocó una fotografía enmarcada de su esposo.
Debajo dejó su última carta.
Porque algunas personas no solo dejan recuerdos.
A veces también dejan protección.
Y Mauricio siguió protegiendo a su familia incluso después de haber partido.