—El día que dejé morir a Fantasma.
Nadie entendió aquella frase.
Excepto Ricardo.
El profesor que había reconocido los movimientos de Mateo dejó de mirar las zapatillas.
—No digas eso.
Mateo soltó una sonrisa triste.
—Tú estabas allí.
La plaza quedó en silencio.
Los jóvenes que pocos minutos antes gritaban y grababan ahora escuchaban sin comprender.
Álvaro, el bailarín que se había burlado de Mateo al principio, se acercó.
—¿Quién era Fantasma?
Ricardo respondió antes que él.
—Él.
Mateo cerró los ojos.
Cuarenta años atrás no era un hombre desconocido que bailaba en parques.
Dentro de una pequeña comunidad de bailarines callejeros, todos conocían a Fantasma.
Había pocos lugares donde practicar.
Los echaban de estaciones.
De plazas.
De soportales.
A veces incluso tenían que esconder los cartones donde bailaban.
Pero Mateo aparecía siempre.
Era rápido.
Imprevisible.
Y tenía una entrada concreta sobre la mano izquierda que nadie conseguía copiar exactamente.
—¿Entonces por qué desapareciste? —preguntó Álvaro.
Mateo volvió a guardar la fotografía de Rosa.
—Porque un chico cayó.
Ricardo bajó la mirada.
Aquella noche, cuatro décadas atrás, varios bailarines habían organizado una pequeña competición clandestina en un almacén abandonado.
No había protecciones.
Ni organización.
Ni médicos.
Solo música, jóvenes y ganas de demostrar quién era mejor.
Mateo llegó a la final contra su mejor amigo.
David.
Tenían veintipocos años.
Se conocían desde adolescentes.
Competían constantemente.
Y aquella noche ambos querían ganar.
—David intentó un movimiento que nunca dominaba —explicó Mateo.
Ricardo lo interrumpió.
—No fue culpa tuya.
—Déjame terminar.
David cayó mal.
Al principio todos pensaron que se levantaría.
No ocurrió.
Hubo gritos.
Pánico.
Algunos jóvenes huyeron por miedo a que apareciera la policía.
Mateo se quedó.
Pero durante años recordó un detalle de forma distinta a los demás.
David le había dicho algo minutos antes.
—¿Qué? —preguntó Álvaro.
Mateo tardó en responder.
—Que le dolía el cuello.
Ricardo lo miró.
—Eso nunca me lo contaste.
—Porque yo le dije que dejara de quejarse.
El anciano tragó saliva.
—Le dije que si tenía miedo, abandonara.
Minutos después, David cayó.
Sobrevivió.
Pero sufrió una lesión grave y nunca volvió a bailar.
Mateo fue a verlo al hospital una vez.
Solo una.
David estaba enfadado.
Asustado.
Destrozado.
Y Mateo no supo soportarlo.
—Pensé que me culpaba.
—¿Te culpaba? —preguntó Álvaro.
Mateo negó lentamente.
—Nunca tuve valor para preguntárselo.
Se marchó.
Guardó sus zapatillas.
Dejó de reunirse con los demás.
Y decidió que Fantasma había terminado aquella misma noche.
Entonces conoció a Rosa.
Ella supo muy pronto que Mateo había bailado.
Lo descubrió porque todavía marcaba ritmos con los pies cuando escuchaba música.
—Ella quería que volviera —dijo Ricardo.
Mateo sonrió.
—Todos los años.
Rosa le compraba discos.
Le enviaba vídeos cuando aparecía algún bailarín en televisión.
Incluso una vez despejó el salón y puso un cartón en medio.
Mateo nunca aceptó.
—Yo le decía que había envejecido.
Se quedó mirando sus manos.
—Pero todavía tenía treinta y cinco años cuando empecé a decirlo.
Álvaro dejó escapar una pequeña sonrisa.
Mateo no.
—No era la edad.
Era culpa.
Había convertido un accidente en una condena personal.
Y con el tiempo dejó de saber dónde terminaba la responsabilidad y dónde empezaba el miedo.
Hasta que Rosa enfermó.
Durante sus últimos meses casi no podía salir de casa.
Una tarde le pidió a Mateo que abriera el armario.
Dentro había una caja.
Las zapatillas blancas.
—¿Las había comprado para ti?
Mateo asintió.
Pero también había una carta.
No la abrió hasta después del funeral.
En ella Rosa no le pedía que ganara una competición.
Ni que demostrara nada.
Solo le pedía que bailara una vez.
Delante de desconocidos.
Sin esconderse.
Había escrito una frase que Mateo recordaba palabra por palabra.
—¿Qué decía? —preguntó Álvaro.
Mateo miró a los jóvenes.
—«No quiero que vengas conmigo antes de que te mueras».
Nadie respondió.
Rosa había visto algo que Mateo nunca quiso aceptar.
Su marido no había dejado únicamente de bailar.
Durante décadas había ido eliminando poco a poco cualquier cosa que pudiera recordarle al joven que había sido.
Dejó de escuchar ciertas canciones.
Dejó de hablar con antiguos amigos.
Dejó de pasar por los lugares donde había bailado.
Incluso evitaba mirar fotografías.
—Ella decía que yo no estaba envejeciendo —continuó Mateo—. Decía que estaba desapareciendo.
Ricardo se secó los ojos.
Pero todavía quedaba algo.
—La fecha —dijo.
Mateo miró sus zapatillas.
Rosa había escrito una fecha dentro.
No correspondía al accidente.
Ni a su muerte.
Era el cumpleaños de David.
Álvaro frunció el ceño.
—¿Por qué?
Mateo abrió la cartera.
Detrás de la fotografía de Rosa había un pequeño papel doblado.
Un número de teléfono.
—Ella lo encontró.
Ricardo abrió los ojos.
—¿A David?
Mateo asintió.
Rosa había pasado meses buscando al antiguo amigo de su marido.
Lo encontró viviendo en Valencia.
Mateo nunca llamó.
—¿Por qué?
—Porque cuarenta años permiten imaginar respuestas mucho peores que la realidad.
Álvaro miró el teléfono de Mateo.
—Llámalo ahora.
El anciano soltó una carcajada nerviosa.
—No.
—Has bailado delante de doscientas personas.
—Eso era más fácil.
Entonces Ricardo extendió la mano.
—Dame el teléfono.
Mateo lo miró.
—Ni se te ocurra.
Por primera vez, todos rieron.
Pero Ricardo no marcó.
Solo puso el aparato nuevamente en la mano de Mateo.
—Hazlo tú.
El anciano observó la pantalla.
Después el número.
Tardó casi un minuto en pulsar.
Nadie se movió.
Sonó una vez.
Dos.
Tres.
—¿Sí?
Mateo cerró los ojos.
Reconoció la voz.
Más vieja.
Más grave.
Pero era él.
—David.
Silencio.
—¿Quién habla?
Mateo tragó saliva.
—Fantasma.
Al otro lado no se oyó nada durante varios segundos.
Después llegó una risa.
—Has tardado bastante.
Mateo comenzó a llorar.
—Lo siento.
David respondió algo que llevaba cuarenta años esperando escuchar sin saberlo.
—¿Por qué?
Mateo miró a Ricardo.
—Por aquella noche.
David guardó silencio.
—Mateo, yo estaba enfadado porque desapareciste.
—Pensé que me culpabas.
—Te culpaba por no volver al hospital.
Eso dolió.
Pero era diferente.
—¿Y por la caída?
—Era un idiota de veintidós años intentando un movimiento que no sabía hacer.
Mateo se tapó la boca.
Cuarenta años de culpa acababan de chocar contra una verdad mucho menos limpia, pero también mucho más humana.
Había cometido un error.
Había sido cruel antes de la caída.
Había abandonado a su amigo después.
Pero no había causado deliberadamente lo ocurrido.
—Rosa te encontró —dijo Mateo.
David se quedó callado.
—Lo sé.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Me llamó hace casi un año.
El anciano dejó de respirar.
—¿Hablaste con ella?
—Varias veces.
David le contó que Rosa le había pedido una sola cosa.
Que si Mateo llamaba algún día, no se lo pusiera demasiado fácil.
Mateo soltó una carcajada entre lágrimas.
—Eso suena a ella.
—También me dijo que probablemente tardarías meses.
—Ocho.
—Siempre fuiste lento para lo importante.
La plaza volvió a reír.
Entonces David hizo una pregunta.
—¿Has bailado?
Mateo miró el círculo.
—Sí.
—¿Todavía haces aquella entrada horrible con la izquierda?
Ricardo gritó desde detrás:
—¡Sigue siendo mejor que la tuya!
David reconoció la voz.
—¿Ricardo?
Aquello terminó de romper la tensión.
Durante minutos, tres hombres que no hablaban juntos desde hacía casi cuarenta años volvieron a discutir como jóvenes sobre movimientos, música y competiciones que casi nadie más recordaba.
Antes de despedirse, David dijo:
—Ven a verme.
Mateo asintió.
—Esta vez sí.
Colgó.
Álvaro seguía mirándolo.
—Entonces… ¿esto era por Rosa?
Mateo observó las zapatillas.
—Al principio.
—¿Y ahora?
El anciano miró nuevamente el círculo.
Dejó las gafas junto al altavoz.
—Ahora creo que también era por mí.
Álvaro sonrió.
—¿Otra ronda?
Mateo levantó una ceja.
—Tengo setenta y nueve años.
—Hace diez minutos eso no parecía importarle.
El anciano se colocó en el centro.
La música volvió a sonar.
Esta vez nadie se rio.
Nadie esperaba una caída.
Nadie veía a un hombre intentando recuperar su juventud.
Veían a alguien recuperando una parte de sí mismo que había enterrado demasiado pronto.
Mateo empezó despacio.
Talón.
Punta.
Hombros.
Una sonrisa.
Y antes de bajar nuevamente hacia el suelo miró por un instante al cielo.
Rosa había cumplido su parte.
Le había comprado las zapatillas.
Había encontrado a David.
Había dejado la puerta abierta.
Mateo comprendió finalmente que la promesa nunca había consistido realmente en volver a bailar.
Consistía en algo mucho más difícil:
dejar de confundir seguir respirando con seguir viviendo.