Valeria apenas pudo dormir aquella noche. Había empujado el armario contra la puerta del dormitorio y dejó su teléfono al alcance de la mano junto a la cama.
El auditorio estaba completamente en silencio. Anna permanecía detrás del atril, mirando directamente hacia la primera fila. Karin Hoffmann seguía intentando mantener una sonrisa. Thomas sostenía su teléfono
Diego no dejaba de mirar el contrato de alquiler. Una y otra vez. Como si las palabras fueran a cambiar. Pero allí estaba escrito con total claridad: Arrendataria:
Rodrigo no apartaba la vista de la carpeta negra. Sus labios se movían. Pero no conseguía pronunciar una sola palabra. Ofelia fue la primera en recuperar la compostura.
Mariana era incapaz de moverse. La mano de Adrián sujetaba débilmente la suya. Sus ojos estaban abiertos. Estaba vivo. Pero lo más inquietante no era que hubiera despertado.
Mariana no podía moverse. Permanecía de pie en el pasillo oscuro. Descalza. Conteniendo la respiración. Arturo estaba sentado a la mesa del comedor. A su lado había una
Mauricio soltó una carcajada de inmediato. Demasiado fuerte. Demasiado rápida. —Eso es ridículo. Valentina abrazó con fuerza su osito de peluche. —No estoy mintiendo. Elena quiso sacar enseguida
Adrián miró a su abuela con una expresión de absoluto desconcierto. —¿Cómo que la casa pertenece a Mariana? Constanza avanzó despacio. Tenía setenta y seis años. Era de
Ramiro no podía apartar la vista de la fotografía. Allí estaba Isabel. Más mayor. Más elegante. Pero inconfundible. Habían pasado quince años desde la última vez que la
Daniel seguía sentado, completamente inmóvil, en el banco frente a la zapatería. El bullicio de la ciudad se desvanecía a su alrededor. Los coches tocaban el claxon. La