Mauricio soltó una carcajada de inmediato.
Demasiado fuerte.
Demasiado rápida.
—Eso es ridículo.
Valentina abrazó con fuerza su osito de peluche.
—No estoy mintiendo.
Elena quiso sacar enseguida a su hija de la habitación.
—Perdón, señor. Solo es una niña.
Pero don Arturo levantó la mano.
—No.
Por primera vez en muchos años, su voz sonó insegura.
—Déjala terminar.
Valentina lo miró con cautela.
—No podía dormir.
—¿Por qué?
—Porque me dan miedo las casas desconocidas.
Doña Carmen dio un paso al frente.
Ya intuía que estaba a punto de ocurrir algo importante.
—¿Y después? —preguntó don Arturo.
—Anoche me desperté.
Valentina tragó saliva.
—Quería ir por un vaso de agua.
Señaló a Mauricio.
—Entonces lo vi salir de su despacho.
Mauricio cruzó los brazos de inmediato.
—Eso es una tontería.
—Llevaba un maletín negro.
Don Arturo guardó silencio.
Mauricio siempre utilizaba el mismo maletín negro.
—Y tenía miedo.
—¿Por qué piensas eso?
Valentina respondió sin vacilar.
—Porque las personas que no tienen miedo no miran hacia atrás a cada momento.
Nadie dijo una sola palabra.
La niña continuó.
—También dejó caer algo.
—¿Qué fue?
Valentina metió la mano en el bolsillo de su suéter.
Después sacó una pequeña llave plateada.
El ambiente en la habitación quedó completamente inmóvil.
Don Arturo reconoció la llave al instante.
Pertenecía a su antiguo archivador.
El mismo del que habían desaparecido documentos importantes tres semanas antes.
Mauricio perdió todo el color del rostro.
—¿Dónde encontraste eso?
—En el pasillo.
Doña Carmen miró fijamente a Mauricio.
—Entonces sí estuviste anoche en el despacho.
—Claro —respondió con rapidez—. Trabajo aquí.
Pero don Arturo ya se había puesto de pie.
—Tráeme el maletín negro.
—Tío, esto es absurdo.
—Ahora mismo.
Por primera vez en toda su vida, Mauricio no obedeció de inmediato.
Y ese simple detalle lo delató.
Llamaron a dos agentes de seguridad.
Pocos minutos después, el maletín negro estaba sobre la gran mesa de la biblioteca.
Mauricio sudaba.
—No pueden abrirlo.
Don Arturo no respondió.
Lo abrió él mismo.
Encima había camisas.
Documentos.
Un ordenador portátil.
Luego encontró la carpeta de cuero marrón.
Exactamente la misma que había desaparecido.
Pero eso no era lo peor.
Debajo de la carpeta había varios poderes notariales firmados.
Con su firma.
O, al menos, con una imitación perfecta de ella.
Doña Carmen se dejó caer en una silla, horrorizada.
—Dios santo…
Don Arturo revisó los documentos uno por uno.
Su respiración se volvió pesada.
Aquellos papeles habrían convertido a Mauricio en copropietario de todo el imperio empresarial en apenas unas semanas.
—¿Desde cuándo? —preguntó don Arturo en voz baja.
Mauricio permaneció en silencio.
—¿Desde cuándo me has estado robando?
—¡No lo entiendes!
—Entonces explícamelo.
Mauricio estalló.
—¡Toda mi vida me trataste como si solo fuera un empleado!
—¡Porque nunca asumiste responsabilidades!
—¡Porque jamás confiaste en mí!
Don Arturo no contestó.
Por primera vez se preguntó si su desconfianza permanente también había contribuido, en parte, a aquella tragedia.
Pero nada podía justificar una traición.
Llamaron a la policía.
Mauricio fue detenido.
Mientras los agentes se lo llevaban, volvió la vista por última vez.
No con rabia.
Sino con una expresión vacía.
Más tarde, don Arturo permanecía solo en su biblioteca.
Frente a él estaban la cadena de oro.
La cartera.
Y el pequeño osito de peluche.
Valentina entró despacio.
—¿Está enojado conmigo?
Don Arturo la observó durante un largo momento.
Después negó lentamente con la cabeza.
—No.
Su voz se quebró.
—Siento vergüenza.
Valentina no comprendía.
—¿Por qué?
El anciano tomó la cadena de oro entre sus manos.
—Porque pensé que tú ibas a robarme.
La niña sonrió con timidez.
—Mi mamá siempre dice que las personas no se vuelven pobres por no tener dinero.
—¿Y cuándo se vuelven pobres?
Valentina levantó la vista con sus grandes ojos.
—Cuando ya no pueden confiar en nadie.
Don Arturo rompió a llorar.
Delante de su ama de llaves.
Delante de una niña.
Por primera vez en muchos años.
Unos meses más tarde, don Arturo creó un programa de becas para los hijos de todos sus empleados.
Valentina fue la primera en recibir una beca completa para sus estudios.
Pero lo más importante fue otra cosa.
Don Arturo dejó de mirar a cada persona como si fuera un ladrón.
Porque, a veces, la verdad no lleva un reloj de lujo.
A veces llega con unos zapatos gastados, un osito de peluche y un corazón que todavía no ha aprendido a desconfiar.