Rosa palideció de inmediato.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Ximena —susurró con miedo—. Quédate callada.
Pero la niña seguía mirando fijamente los pendientes de Renata.
—Mamá, de verdad son los tuyos.
Renata llevó instintivamente una mano a sus orejas.
—Qué tontería estás diciendo.
Sebastián alternó la mirada entre ambas mujeres.
—¿De qué está hablando?
Rosa bajó la vista.
—De nada, señor.
—No —respondió Sebastián con serenidad—. Ahora quiero escuchar toda la verdad.
El vestíbulo quedó completamente en silencio.
Era evidente que Rosa luchaba consigo misma.
Finalmente abrió despacio su bolso.
De su interior sacó una fotografía vieja y desgastada.
—Esos pendientes pertenecían a mi madre.
Sebastián tomó la fotografía.
En ella aparecía una mujer joven.
Llevaba exactamente los mismos pendientes de esmeraldas.
Pero había algo todavía más sorprendente.
La mujer de la imagen se parecía de una forma inquietante a Renata.
Sebastián levantó la vista, confundido.
—¿Quién es ella?
Rosa respondió en voz baja.
—Mi hermana mayor, Elena.
Renata quedó inmóvil.
Por primera vez perdió la compostura.
—¡Ya basta! —gritó con firmeza—. Mauro, saque inmediatamente a estas personas de aquí.
Pero Sebastián levantó una mano.
—Nadie se va.
Después volvió a mirar a Rosa.
—Continúe.
Rosa tragó saliva con dificultad.
—Hace quince años mi hermana también trabajaba en esta casa. En aquel entonces todavía pertenecía a su padre.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Mi padre?
Rosa asintió.
—Un día Elena desapareció sin dejar rastro. Nos dijeron que había renunciado y se había marchado a otra ciudad.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Pero jamás habría abandonado a su hija pequeña.
Sebastián sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
—¿Qué hija?
Rosa dirigió la mirada directamente hacia Renata.
—Ella.
Parecía que el aire había desaparecido del vestíbulo.
Sebastián contempló a su esposa completamente desconcertado.
Renata retrocedió un paso.
—¡Eso es absurdo!
Pero Rosa continuó hablando.
—Unas semanas después de la desaparición de Elena, un abogado se presentó en nuestra casa. Nos dijo que una pareja adinerada había adoptado a una niña. A mi madre le prohibieron volver a hacer preguntas.
Sebastián apenas podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Y los pendientes?
—Mi madre se los regaló a Elena el día en que nació. Eran una reliquia familiar que había pasado de generación en generación.
Todas las miradas se dirigieron hacia Renata.
Sus labios comenzaron a temblar.
—Yo no sabía nada de eso —murmuró de repente.
Sebastián quedó paralizado.
—¿Qué?
Las lágrimas empezaron a deslizarse lentamente por el rostro de Renata.
—Mis padres adoptivos siempre me dijeron que mi madre biológica me había abandonado.
Rosa también rompió a llorar.
—No. Mi hermana te buscó durante años.
De pronto Sebastián comprendió todo.
Los salarios sin pagar.
Los retrasos constantes.
Renata nunca había actuado por crueldad.
Había reconocido a Rosa.
Y sintió miedo.
Miedo de enfrentarse a una verdad capaz de destruir todo lo que creía saber sobre su pasado.
—¿Por eso dejaste de pagarle? —preguntó Sebastián en voz baja.
Renata asintió entre lágrimas.
—La primera vez que vi a Rosa reconocí enseguida el rostro de mi madre en el suyo. Me asusté. Solo quería que desapareciera.
Durante un largo rato nadie dijo una palabra.
Entonces Ximena dio unos pasos hacia adelante.
Tomó la mano de Renata.
—Mi mamá siempre dice que la familia no echa a los suyos.
Renata se derrumbó por completo.
Semanas después, Sebastián ordenó pagar todos los salarios pendientes.
Rosa no perdió ni su empleo ni su hogar.
Y juntas, Rosa y Renata comenzaron a investigar qué había ocurrido realmente con Elena.
Tres meses más tarde descubrieron que Elena nunca había desaparecido por decisión propia.
Había fallecido años atrás, sin dejar jamás de buscar a su hija.
El día en que Renata visitó su tumba, dejó sobre la lápida los pendientes de esmeraldas.
Y por primera vez en toda su vida sintió que finalmente había encontrado el lugar al que realmente pertenecía.